A los setenta y seis años, mis manos ya no tiemblan por miedo, sino por cansancio.
Se levantan antes del gallo, como lo han hecho durante más de medio siglo.

Me llamo Amalia Torres y vivo sola en una casita de adobe en San Isidro, un pueblo pequeño donde el río pasa lento… pero nunca olvida.

La pobreza ha sido mi sombra constante.
No como castigo, sino como destino.
Nunca me quejo. Nunca pido nada.
He aprendido que en la vida no se sobrevive con lo que se tiene, sino con lo que se resiste.

Aquella mañana, el amanecer llegó frío.
El aire olía a tierra mojada y a hojas viejas.

Caminé hasta la orilla con mi cubo de metal, descalza, dejando que el barro se colara entre mis dedos. El río murmuraba como siempre, bajo, paciente.

Entonces lo escuché.

Un golpe seco.

Me quedé quieta.

—Será una rama —me dije.

Pero el sonido volvió. Esta vez, acompañado de algo peor: un gemido apenas audible.

Humano.

El corazón me golpeó el pecho.
Di unos pasos hacia la corriente.

Y lo vi.

Algo oscuro flotaba río abajo. Grande. Irregular.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—El río no devuelve lo que se lleva —murmuré.

Pero mis pies avanzaron solos.

Cuando el objeto se acercó, ya no hubo duda: era un hombre.
Inmóvil.
Atado con cuerdas gruesas.

Solté el cubo y entré al agua sin pensarlo. El frío me mordió las piernas. El nivel me llegó a la cintura.

—¡Aguanta! —grité, aunque sabía que no podía oírme.

Mis años pesaban, pero el miedo no me detuvo.

Mis manos, endurecidas por una vida de trabajo, se aferraron a su cuerpo. Tiré con todo lo que tenía.

Cuando por fin lo arrastré hasta la orilla, caí de rodillas, jadeando.

Parecía muerto.